viernes, 28 de abril de 2017

GUERRA DE LOS BALCANES. LEÓN TROTSKY, de Joshua Rubenstein

GUERRA DE LOS BALCANES. LEÓN TROTSKY, de Joshua Rubenstein 

    "Trotsky dio cobertura informativa tanto a la primera como a la segunda Guerra de los Balcanes para el periódico Kievskaya Mysl. Viajó primero a Belgrado y, a continuación, a Sofía, donde fue testigo de la declaración de guerra de Bulgaria. Vio abarrotarse de refugiados las estaciones de ferrocarril, entrevistó a soldados que regresaban del frente y se encontró con periodistas europeos estúpidos y desinformados que no lograban comprender la gravedad del conflicto. Su descripción de un corresponsal británico constituye uno de los retratos clásicos de aquella época: Es majestuoso, este embajador de la prensa. Sus piernas, con esas redondeces gruesas y seguras de sí mismas, ocupan la mitad del compartimento. Lleva unos calcetines tupidos y unas polainas por encima de las botas ignífugas, y viste un traje de una tela gris a cuadros, sostiene entre los dientes una pipa corta y voluminosa de la mejor calidad y una raya perfectamente labrada divide en dos su pelo, y unos pantalones cortos amarillos hechos con la piel de algún animal prehistórico, permanece sentado inmóvil leyendo a Anatole France […] Es la primera vez que viene a la península balcánica, no sabe ninguna lengua eslava, no habla una palabra de alemán y tiene un dominio del francés compatible con la condición de britano orgulloso, no se asoma a la ventana, no habla con nadie. Provisto de todo este dechado de cualidades, viene a examinar los destinos políticos de los Balcanes. Trotsky confiaba en que sus dotes de observación y su afilado estilo polémico transmitieran la complejidad de la tragedia. «Las fronteras entre los Estados enanos de la península balcánica no estaban trazadas de acuerdo con las condiciones o demandas nacionales —contaba a sus lectores—, sino como consecuencia de las guerras, las intrigas diplomáticas y los intereses dinásticos. Las grandes potencias (en primera instancia, Rusia y Austria) siempre han tenido un interés directo en predisponer a los pueblos y Estados balcánicos entre sí y, a continuación, cuando se han debilitado mutuamente, los han sometido a su influencia política y económica». Todo esto ya ha desembocado en «guerras entre Grecia y Turquía, Turquía y Bulgaria, Rumanía y Grecia o Bulgaria y Serbia». Para Trotsky, que investigaba la lamentable historia de una región «tan maravillosamente favorecida por la naturaleza y tan cruelmente mutilada por la historia», la única solución era una república federal balcánica. Trotsky descubrió un buen montón de cosas de las que mofarse: la censura en Bulgaria y en Rusia, donde una parte de la prensa «ha sustituido el papel de periódico por una piel de becerro tensada sobre el bastidor de un tambor»; las atrocidades turcas contra los armenios; y una actitud displicente de Bulgaria hacia los estallidos de cólera. A veces, parecía que Trotsky hubiera sucumbido al pacifismo cuando presenciaba la quema de aldeas albanesas a manos de tropas búlgaras. «Fue el primer ejemplo real y auténtico que he visto en este teatro de la guerra de un exterminio mutuo y despiadado entre hombres». Concluyó que «el hombre depende de las condiciones. En las circunstancias de la brutalidad organizada de la guerra, los hombres se animalizan al instante sin darse cuenta»."

LOS PREJUICIOS NACIONALES . GENTE, AÑOS, VIDA, de Ilya Ehrenburg

LOS PREJUICIOS NACIONALES . GENTE, AÑOS, VIDA, de Ilya Ehrenburg 

    "A los franceses les gusta contar la historia del inglés que, habiendo visto a una mujer pelirroja en Calais, escribió que todas las francesas eran pelirrojas. Me acuerdo de las conversaciones con los turistas rusos a los que les mostraba Versalles. Un maestro admiraba la riqueza de los franceses: cerca de la estación Saint-Lazare había visto a un vagabundo bebiendo vino tinto. «Cuando lo cuente en casa, nadie lo creerá: un desarrapado, un mendigo, y bebía vino con la mayor tranquilidad del mundo». El maestro venía de la provincia de Samara; no daba crédito a que en Francia el vino fuese más barato que el agua mineral. Otro turista, inspector de una escuela profesional, llegó, por el contrario, a la conclusión de que los franceses vivían en la miseria; hablaba francés y en el parque de Versalles había conocido a un profesor de instituto local; el inspector repetía: «¡Ahí tenéis su cultura y su riqueza! Un profesor de instituto y no tiene criada, su propia mujer le prepara la comida». Un emigrado, antiguo seminarista, y más tarde socialista revolucionario, me enseñó una novelita suya: trataba de los sufrimientos de un idealista ruso enamorado de una francesita inmoral. El autor dedicaba un centenar de páginas a reflexiones sobre la inmoralidad de los franceses. El principal argumento era que los franceses se besaban incluso en los restaurantes. Intenté en vano explicarle que esos besos equivalen a una palabra cariñosa o a una mirada, que no impide a la pareja saborear su guisado de carnero o de cerdo con alubias. Él respondía con obstinación: «Me siento violento cuando salgo con mi mujer: besarse así, a la vista de todo el mundo. ¡Ya le digo yo que esta gente!».
    Es difícil comprender las costumbres de un país extranjero, incluso cuando se tiene ocasión de observarlo durante algún tiempo. ¿Y qué se puede decir de los turistas? ¡Cuántas cosas absurdas he leído en los periódicos tanto rusos como franceses, dignas de figurar junto a la frondosa kliukva bajo la cual se sentó Dumas padre!
    No hay que burlarse de Mercereau: su error es profundamente humano. El antiguo seminarista, el que se indignaba de la inmoralidad de los franceses, seguramente besaba a su mujer al despedirse de ella en una estación de ferrocarril y, sin embargo, eso habría parecido indecente e inmoral a un japonés. El mal radica en que las personas consideran que sus costumbres o, como dicen ahora, su «forma de vida», son las únicas justas, y condenan, si no en voz alta, sí en su fuero interno, todo cuanto se aparta de ellas.
    Las imágenes que se forjan sobre el carácter de los pueblos se basan en observaciones fortuitas y superficiales. ¿Qué sabían los franceses, incluso los instruidos, sobre los rusos en vísperas de la Primera Guerra Mundial? Veían a los ricos que despilfarraban el dinero a diestro y siniestro, que pasaban el tiempo en los burdeles caros de Montparnasse, que perdían en una noche en Montecarlo tierras que equivalían por extensión a una región francesa. En aquella época entró en uso en la lengua francesa la palabra boyardo para designar a los rusos pudientes. A los franceses cultos les apasionaba Dostoievski, a partir de cuya lectura se habían formado la idea de que a los rusos les gustaba matar a la gente de improviso, descuidaban sus compromisos monetarios, creían en Dios y en el diablo; acostumbraban a escupir sobre lo que creían, comenzando por sí mismos, y, al mismo tiempo, se arrepentían en los lugares públicos besando el suelo. Los periódicos hablaban de desórdenes en Rusia, de actos terroristas y del heroísmo de los revolucionarios. Los franceses llamaban a los revolucionarios rusos «nihilistas». Un diccionario publicado en 1946, es decir, treinta años después de la Revolución de Octubre, define así la palabra nihilismo: «Doctrina que cuenta con adeptos en Rusia y que aspira a la destrucción radical del régimen social sin fijarse como objetivo sustituirlo por otro concreto». Desde el punto de vista de los franceses, semejante doctrina sólo podía seducir a los místicos. Los franceses se enteraban, para colmo, de que había «nihilistas» entre los «boyardos», y eso los convencía definitivamente de la existencia del «alma eslava». A través del «alma eslava» los franceses acabaron explicándose todos los acontecimientos históricos que se produjeron en Rusia.
(...)
Ahora los aviones atraviesan Europa en pocas horas, en una sola noche es posible ir de París a América o a la India; pero las personas no se conocen mejor que antes. Lo que les separa no son los pensamientos sino las palabras, tampoco son los sentimientos, sino la forma de expresarlos; es decir, las costumbres, los detalles de la vida. La incomprensión es el caldo de cultivo donde proliferan los microbios del nacionalismo, del racismo, del odio. «Mira, no vive como tú, es inferior y no quiere reconocerlo; dice que vive mejor que tú, se juzga superior a ti; si no lo matas, te obligará a vivir a su manera». Podríamos ponernos de acuerdo sobre lo que los diplomáticos han llamado desde hace tiempo un modus vivendi, una tregua temporal, pero a mi modo de ver es inconcebible una auténtica coexistencia pacífica sin comprensión mutua. Dicen que nuestro planeta se ha explorado durante mucho tiempo, que ahora le toca el turno a Marte o Venus. Sí, los cartógrafos conocen todas las montañas, todas las islas, todos los desiertos, pero el hombre corriente sabe más bien poco de la manera en que viven sus contemporáneos en una isla descubierta tiempo atrás, en países descubiertos en tiempos inmemoriales e incluso en los países que se consideran descubridores. Hablo de ello porque he recorrido Europa, he ido a Asia, América, y he acabado por darme cuenta de hasta qué punto es difícil entender una forma de vida que no es la propia."

jueves, 27 de abril de 2017

NEGRO SOBRE NEGRO, de Ana M Briongos.

"Cuántas veces disfrutaremos de este lado suave, recogido, austero y respetuoso de Irán, donde el tiempo discurre como una cortina de agua fresca, donde las escasas sombras son por ello más acogedoras, los frutos de los oasis del desierto más dulces y los mosaicos finamente trabajados entre ruinas de adobe doblemente relucientes. Es la faceta dulce del Islam, la que no sale en los periódicos, la silenciosa, la de los hombres y mujeres de buena voluntad."




EMPATIA HUMANA. LOS CÍNICOS NO SIRVEN PARA ESTE OFICIO, de Ryszard Kapuściński

EMPATIA HUMANA. LOS CÍNICOS NO SIRVEN PARA ESTE OFICIO, de Ryszard Kapuściński 

    "Nuestro imaginario ha sido educado para pensar en pequeñas unidades: la familia, la tribu, la sociedad. En el siglo XIX se pensaba en términos de nación, de región o de continente. Pero no tenemos ni instrumentos ni experiencia para pensar a escala global, para comprender lo que significa, para darnos cuenta de cómo las otras partes del planeta influyen en nosotros o cómo influimos nosotros en ellas. En otras palabras, es muy difícil comprender que cada uno de nosotros es un ser humano que está conectado a otros seres humanos, que tenemos que imaginarnos a nosotros mismos como figuras dotadas de muchísimos hilos y vínculos que van en todas direcciones; para muchos es difícil aceptar esta realidad, y por eso vivimos con tantas tensiones, depresiones, tanto estrés."

PARISINOS. GENTE, AÑOS, VIDA, de Ilya Ehrenburg

PARISINOS. GENTE, AÑOS, VIDA, de Ilya Ehrenburg 

    "Al café se iba para ver a los conocidos, hablar de política, departir y contar chismorreos. Todas las profesiones contaban con su propio café: los abogados, los ganaderos, los pintores, los jockeys, los actores, los joyeros, los procuradores, los senadores, los proxenetas, los escritores y los peleteros. Los partidarios de Guesde nunca ponían los pies en los establecimientos que frecuentaban los partidarios de Jaurès. También había cafés en los que se reunían los ajedrecistas; en uno de ellos se disputaron las históricas partidas entre Lasker y Capablanca.
(...)
    ...Y en París resulta muy difícil evitar el arte…
París me enseñó muchas cosas, amplió los muros de mi mundo. Suele atribuirse a París la alegría; a mi modo de ver, París sabe sonreír con tristeza: así son sus casas, sus poetas, los ojos de sus muchachas. Esa capacidad de ser feliz en la tristeza y triste en la felicidad a veces le da alas y otras se las corta (...)
    Se podría pensar que en París todo estaba patas arriba, pero en realidad los parisinos tenían una manera de vivir secular y bien organizada. Cuando se alquilaba un piso a alguien, la portera preguntaba si el nuevo inquilino tenía un armario de luna; no se podía embargar una cama, una mesa, una silla, pero si el alquiler no se depositaba a tiempo, se le confiscaría el armario de luna. En los entierros los hombres marchaban delante y las mujeres detrás. Los cementerios parecían la maqueta de una ciudad, con su trazado de calles. En las tumbas de la gente acaudalada se leía: «Concesión a perpetuidad»; no había atisbo de ironía, pues las tumbas de los pobres se excavaban al cabo de veinte años. Después del entierro, los asistentes se dirigían a una taberna que había al lado del cementerio, bebían vino blanco y tomaban queso. Por la tarde no se bebía café, sino infusiones: flor de tilo, manzanilla, menta, verbena. Incluso los enamorados discutían animadamente sobre qué infusión era más beneficiosa: él prefería una diurética, ella una digestiva. En los bancos de las calles las viejas en zapatillas hacían calceta. A las diez de la noche se cerraban las puertas de las casas. Cuando un inquilino tocaba la campanilla, la portera, soñolienta, tiraba del cordel y la puerta se abría: era preciso que el inquilino gritara su nombre para que no se colase ningún extraño; para salir de casa había que despertar a la portera con un grito estentóreo: «Cordel, por favor». Los pescadores permanecían sentados con sus cañas a lo largo del Sena, esperando que un gobio imaginario mordiera el anzuelo. A veces los periódicos anunciaban que un condenado a muerte sería guillotinado al amanecer del día siguiente, y junto a las puertas de la cárcel se congregaba un enjambre de curiosos para ver con sus propios ojos al verdugo, al condenado y, después, la cabeza cortada."

miércoles, 26 de abril de 2017

VIDA Y ÉPOCA DE MICHAEL K., de J. M. Coetzee

VIDA Y ÉPOCA DE MICHAEL K., de J. M. Coetzee

    "»Michaels no tendría que haber venido nunca a este campamento —he proseguido—. Fue un error. En realidad su vida ha sido un error de principio a fin. Es cruel decirlo pero lo diré de todas maneras: alguien como él no debería haber nacido nunca en un mundo como este. Más le hubiera valido que su madre le hubiera asfixiado discretamente cuando vio lo que era, y lo hubiera dejado en el cubo de la basura. Ahora, déjale al menos ir en paz. Escribo un certificado de defunción, tú lo firmas, algún oficinista del Castillo lo archiva sin mirarlo, y con esto se termina la historia de Michaels.
—Lleva puesto un pijama caqui reglamentario —ha dicho Noël—. La policía lo detendrá, le preguntará de dónde viene, dirá que viene de Kenilworth, comprobarán que no hay ningún parte de fuga, y nos la cargaremos.
—No llevaba el pijama puesto —he contestado—. Todavía no sé lo que encontró para ponerse, pero dejó su pijama aquí. En cuanto a admitir que viene de Kenilworth, no lo hará, por la sencilla razón de que no quiere volver a Kenilworth. Les contará una de sus historias, por ejemplo que viene del Jardín del Edén. Sacará el paquete de semillas de calabaza, lo agitará, les regalará una de sus sonrisas, y se lo llevarán directamente al manicomio, suponiendo que aún quede alguno. Te lo juro, Noël, no volverás a oír hablar de Michaels."

JUDÍOS Y POLACOS. LA SANGRE Y EL ÁMBAR, de David Torres

JUDÍOS Y POLACOS. LA SANGRE Y EL ÁMBAR, de David Torres 

    "El que hablaba era un hombre gordo, moreno, de barba rala y ojos oscuros. Me preguntó de dónde era y le dije que de España. Le pregunté si sabía si en el barrio vivían todavía algunos judíos y se encogió de hombros.
—¿Judíos? Quién sabe. Puede que yo sea judío.
Se levantó pesadamente y se sentó a nuestra mesa. Me apuntó con un dedo gordo como un pan. Parecía muy borracho.
—Vosotros, los españoles, también expulsasteis a los judíos.
—En 1492, junto a los moriscos. —Asentí con la cabeza—. El mismo año que Colón descubrió América. Fue una verdadera desgracia.
—¿Para quién? —preguntó el gordo vía Aśka.
—Para todos. Para los españoles que no eran judíos y, por supuesto, para los judíos, que eran españoles.
—Aquí los judíos vivieron en paz durante siglos. Más o menos en paz, porque los judíos nunca han estado en paz en ningún sitio. Ni siquiera ahora, en Israel.
Bebió un trago de cerveza. Quedó un rastro de espuma blanca colgándole del bigote y se lo limpió con el dorso de la mano.
—Durante la guerra, dicen que los polacos no ayudaron a los judíos. En algunos pueblos, los polacos ayudaron a los nazis, extorsionaron a los judíos, incluso los mataron con sus propias manos. —Hizo un gesto vago con la mano, como si limpiara una ventana imaginaria—. Pero también hubo polacos, católicos o no, que ayudaron a los judíos. También hubo alemanes buenos, ¿no?, igual que ese oficial que salvó al judío aquel de Varsovia.
—Szpilman —dijo Aśka—. El pianista del gueto.
—El de la película de Polański, sí. Los nazis promulgaron una orden en la cual especificaban que cualquier polaco que ocultara o ayudara a un judío sería ahorcado. —Tamborileó los dedos sobre la mesa—. Aun así, escaparon unos cuantos miles de judíos de Polonia, unos cuarenta mil, creo. Son unos cuantos, ¿no?
Afirmé con la cabeza. Abotargado por el alcohol, el hombre arrastraba las palabras y parpadeaba a cámara lenta.
—Poco después de la guerra hubo un linchamiento de judíos en Kielce. La gente dice que fue orquestado por los comunistas. Lo peor de todo fue cuando algunos judíos quisieron recuperar sus antiguas posesiones y se encontraron con que sus vecinos polacos habían ocupado sus casas y no estaban dispuestos a devolverlas. Gritaban: «Fuera, judío, fuera. No te queremos. Vete a otra parte. Lejos.» Siempre es la misma historia.
Tarareó algo ininteligible, siguió golpeando los dedos sobre la mesa.
—Y luego, en los sesenta, los partisanos de Moczar promovieron otra vez el antisemitismo. Aquello fue una vergüenza. También hoy, ahora mismo, se sigue diciendo por las calles que los judíos tienen la culpa de lo mal que va el país, que tienen todo el dinero. Hay periodistas que escriben y sacerdotes que hablan desde el púlpito contra los judíos. Lo que yo digo es… —Balbuceó, tanteó con la mano hasta dar con el asa de la jarra—. Lo que digo es: si hay antisemitismo, debe de haber judíos, ¿no?
Me guiñó un ojo, antes de terminarse de un trago la cerveza. Después me miró fijamente y preguntó:
—¿Por qué te interesan tanto los judíos?
Era una buena pregunta. Siempre, desde niño, he sentido simpatía por los débiles, las víctimas, las minorías oprimidas. Los judíos, los gitanos, los palestinos, los kurdos, los polacos. Yo mismo, en el colegio, en el barrio, en la mili, me había sentido un paria. Había cambiado de escuela y el primer día, unos chicos mayores que yo me esperaron a la salida, me tiraron al suelo, me golpearon y me dieron patadas en el estómago y en la cabeza. Durante meses (y, para un niño de seis años, un mes es un lapso casi infinito de tiempo) fui aterrorizado a la escuela, no salía al recreo, temiendo que un día cualquiera se repitiera el calvario. Por desgracia, se repitió muchas veces. ¿Qué motivos tenían para martirizarme? Que estaba gordo, que no me gustaba el fútbol, que era débil. Había otros aun más débiles que yo: los canijos, los empollones, los chicos con gafas. No logro olvidar los rostros ni los nombres de los matones que me esperaban a la salida de clase. Algunas veces, cuando miro hacia atrás, hacia el patio del colegio, con sus pequeños verdugos y sus pequeñas víctimas, veo un campo de concentración en miniatura.
Extendí las manos sobre la mesa, acaricié la rueda metálica. Recordé el traqueteo de la máquina de coser, mi madre inclinada sobre la aguja, sus pies balanceándose sobre el pedal, sus manos sujetando un trozo de tela: aquellas ráfagas breves y monótonas de las que estaban hechas las tardes de lluvia. Recordé mi nombre.
—Me llamo David, como mi padre. Mi hermano se llama Daniel, como mi tío. El nombre de otro de mis tíos era Gabriel, aunque en familia todos le llamábamos Javier. Y otro, Salomón.
—¿En serio?
—Completamente en serio. Era peluquero. Vivía en Alemania.
El hombre apoyó la mano sobre la cara. Tenía los ojos entrecerrados, como si fuese a echarse una siesta.
—¿Y te has preguntado qué habría sucedido contigo si tu familia hubiera vivido aquí, en Polonia, en vez de en España? ¿Os habrían tomado los nazis por judíos?
No me dio tiempo a responder. Alzó la mano para llamar al camarero y pedir la cuenta. Le dije que me permitiera invitarle. Cogió el abrigo que colgaba en una de las sillas. Se lo puso y me estrechó la mano.
—Yo también me llamo Salomón —dijo—. Pero no soy peluquero.
Se subió las solapas del abrigo y salió del local con paso vacilante. Al cruzar la calle, se apoyó en el capó de un coche aparcado y después sacudió la mano manchada de nieve. Aśka removía su zumo de tomate. El camarero se acercó y le pedí una Warka. Aśka guardó silencio hasta que la jarra estuvo frente a mí rebosando espuma.
—¿Mejor? —preguntó después de que hubiera tomado un trago.
—Sin comparación posible.
—Los polacos podemos enorgullecemos de muchas cosas —dijo de repente—, pero no precisamente de cómo tratamos a los judíos durante la guerra.
—Bueno, la guerra no suele sacar a la luz lo mejor de los seres humanos. Por lo que he leído, tampoco muchos judíos se comportaron muy bien con sus hermanos."

Cracovia

PARÍS 1908. GENTE, AÑOS, VIDA, de Ilya Ehrenburg

PARÍS 1908. GENTE, AÑOS, VIDA, de Ilya Ehrenburg 

     "Recuerdo muy bien aquel día de diciembre, cuando al salir de la Estación del Norte me encontré en una plaza sucia y bulliciosa. Me sorprendió el viento. En él se percibía el hálito del mar, y me causó una sensación de alegría y excitación. Dejé las maletas en la consigna de la estación y experimenté en el acto un sentimiento de libertad. Lo cierto es que iba vestido de una manera bastante extravagante, pero nadie me prestaba atención y en aquellas primeras horas comprendí que en París era posible pasar desapercibido, pues nadie se interesa por los demás.
    Entré en un bar. Junto a un mostrador de zinc se erguían unos cocheros de cara roja y con sombrero de copa que tomaban unas bebidas misteriosas de color púrpura o verde. Me acordé de los cocheros moscovitas y el corazón me dio un vuelco: estos de París no hablaban de la avena… Pedí café. La patrona me preguntó algo, y yo no la comprendí. (Estaba convencido de que sabía francés, lo había estudiado en el instituto y había tomado clases particulares, pero descubrí que sólo conocía algunos cientos de palabras que Racine había utilizado en sus tragedias y que ignoraba las imprescindibles para la vida cotidiana). Me sirvieron café negro en una copa y un vasito de ron. Lo bebí a pesar de mi aprensión.
    Sabía que los emigrados rusos vivían en los alrededores del Barrio Latino, así que pregunté a un policía cómo podía ir hasta allí, y éste me señaló un ómnibus: en París volví a encontrar nuestros tranvías de tracción animal, con la diferencia de que éstos no circulaban sobre raíles y constaban de dos pisos. Me subí a la imperial y me senté al lado del cochero. Sostenía en la mano un largo látigo y se adormecía de vez en cuando; en su labio inferior temblaba la colilla apagada de un cigarrillo. Al despertar se ponía a cantar y, como despertaba a menudo, al fin comprendí las primeras palabras de la canción: «El corazón del cíngaro es un volcán». Debía de rondar los sesenta años, y a mí me dio la impresión de que era no ya viejo, sino antiguo, y de un color ceniciento como las casas de París.
    El camino era largo: de un extremo a otro de la ciudad. Cruzamos los grandes bulevares, que en aquel entonces eran el centro de París. De repente me di cuenta de que allí no sólo las costumbres eran diferentes sino que el calendario tampoco era el mismo que en Rusia: era el 20 de diciembre, se acercaba Navidad; había anuncios de regalos y cenas de gala por doquier. En los bulevares vi numerosos tenderetes: en algunos de ellos se vendían toda clase de objetos; en otros distinguí unos juegos enormes que no supe reconocer: eran ruletas.
    En las esquinas de las calles había cantantes que, partitura en mano, interpretaban algo melancólico, mientras los curiosos se agolpaban a su alrededor y repetían el estribillo. En las aceras se apilaban camas, aparadores, armarios, todo el género de las tiendas de muebles. En general todos los artículos estaban en la calle: carne, quesos, naranjas, sombreros, botas, cacerolas. Me asombró la gran cantidad de urinarios; se podía leer en ellos: «Menier, el mejor chocolate», y debajo se distinguían los pantalones rojos de los soldados. El viento era frío, pero la gente no se apresuraba, sino que paseaba, no iba a un lugar determinado.
    Los cafés tenían terrazas, y en muchas de ellas humeaban los braseros junto a los cuales se sentaban unos ancianos con aire respetable. Tuve ganas de escribir a Asia, a mis hermanas, a Nadia Lvova, para decirles que en París calentaban las calles. ¡Nadie me creería!
    En el boulevard Sébastopol vi un tranvía de vapor que emitía un trágico silbido. Los cocheros gritaban y restallaban los látigos. No había calesas, los coches de punto tenían la carrocería cerrada como el del gobernador general de Moscú. En uno de ellos vi a una pareja besándose y volví la cabeza a toda prisa para no molestarlos. De vez en cuando cruzaban la calle unos coches sin caballos con gran estruendo y dando bocinazos. Los caballos, asustados, se apartaban.
    Di una moneda de plata al revisor; él la mordió para comprobar su calidad y, al ver mi sorpresa, me sonrió alegremente. Nunca había visto a tanta gente en la calle. Moscú me parecía ya el recuerdo de una infancia agradable y tranquila.
(...)
    Se vendían castañas asadas. Empezó a lloviznar. La hierba del Jardín de Luxemburgo era de un verde claro precioso. ¡En diciembre! Tenía mucho calor con el abrigo enguatado. (Había dejado las botas y el gorro de piel en el hotel). Resaltaban las carteleras vistosas. Todo el tiempo me daba la impresión de estar en el teatro.
    He vivido mucho tiempo en París, y diferentes acontecimientos, numerosos rostros y retazos de frases se han confundido en mi memoria; pero mi primer día en París sigue intacto en mi recuerdo: la ciudad me impresionó. Lo más asombroso es que París sigue siendo igual que antes. Moscú está irreconocible, pero París no ha cambiado. Ahora, cuando voy a París, me invade una tristeza indescriptible: la ciudad es la misma, soy yo el que ha cambiado; me resulta difícil recorrer las calles que conozco, pues son las calles de mi juventud. Es cierto que desde hace mucho tiempo ya no hay coches de punto ni ómnibus, ni tranvías de vapor, que los letreros de neón son mucho más brillantes que antes, que se ha vuelto raro ver un café con bancos de cuero o de terciopelo rojo; quedan pocos urinarios, pues se han escondido bajo tierra. Pero todo esto son meros detalles. Como antes, la gente continúa haciendo vida en la calle, los enamorados se besan donde les apetece y nadie presta atención a los demás. Las casas viejas no han cambiado: ¿qué representa para ellas medio siglo? A su edad, no lo sienten. El mundo ha cambiado, huelga decirlo, y es evidente que también los parisinos deben de pensar en muchas cosas cuya existencia ni siquiera sospechaban, como la bomba atómica, los sistemas acelerados de producción y el comunismo. Pero a pesar de sus nuevas ideas, siguen siendo parisinos, y estoy convencido de que aún hoy un joven soviético de dieciocho años que llegara a París se quedaría de una pieza, como yo en 1908, y exclamaría: «¡Es un auténtico teatro!»."
Dégal (La rue de Richelieu), 1904 by Paul Schulz

martes, 25 de abril de 2017

LOS BEREBERES. AL FILO DE LA ESCALADA, de Cesar Pérez de Tudela

LOS BEREBERES. AL FILO DE LA ESCALADA, de Cesar Pérez de Tudela 

    "Aquellas expediciones en invierno completamente solos en la montaña, con tres porteadores bereberes que hundían sus robustos pies descalzos en la nieve, me abrieron un nuevo concepto de alpinismo. La vida era también un viaje y en él había encontrado formas muy distintas de la mía. Viajar resultaba interesante y añadía exotismo y riesgo a la aventura de la montaña. El jefe de los porteadores, un orgulloso bereber, nos invitó a su casa protegida por una muralla de adobe, y después de la cena nos regaló su espada de ceremonias. Un modesto agricultor que nos enseñó la dignidad cultural de su raza"
Cima del Toubkal, Marruecos

BORN TO RUN, de Bruce Springsteen

BORN TO RUN, de Bruce Springsteen 

"La gente no acude a los conciertos de rock para aprender algo. Vienen a que se les recuerde algo que ya saben y que sienten en lo más hondo de sus entrañas: que cuando el mundo está en su mejor momento, cuando nosotros estamos en nuestro mejor momento, cuando la vida parece colmada, es cuando uno más uno es igual a tres. Es la ecuación esencial de amor, arte, rock and roll y bandas de rock and roll. Es la razón de que el universo nunca llegue a comprenderse por entero, de que el amor siga siendo extático, desconcertante, y la prueba de que el auténtico rock and roll no morirá jamás."