viernes, 23 de junio de 2017

LENIN VS. TROTSKY. LEÓN TROTSKY, de Joshua Rubenstein

LENIN VS. TROTSKY. LEÓN TROTSKY, de Joshua Rubenstein 

    "Las diferencias personales también contribuyeron a aumentar las reticencias de Trotsky. Por temperamento, Lenin y él eran casi extremos opuestos. Lenin tenía una veta puritana manifiesta y dedicaba todas sus energías a la causa de la revolución. Vivía con austeridad, solo leía libros que tuvieran algo que ver con su trabajo y se esforzaba al máximo por evitar complacencias sentimentales. En una ocasión, después de escuchar un concierto de la sonata Appassionata de Beethoven, señaló refiriéndose a sí mismo que «no debía escuchar música con demasiada frecuencia. Me hace querer decir cosas amables y estúpidas y allana las cabezas de las personas». Trotsky no era así en absoluto. Aunque no fumaba y casi siempre evitaba beber alcohol, disfrutaba del arte y de la música, leía mucho en varios idiomas, participó en la educación de sus hijos con su segunda esposa y le encantaba ir de caza y de pesca. Mientras que Lenin vestía como un oficinista, Trotsky, que no reprimía el cuidado de su imagen, vestía siempre como un meticuloso caballero burgués. Lenin era inteligente, pero su genio se limitaba a la acción política; tenía una mentalidad unidireccional. Bertrand Russell conoció a Lenin en 1920 y le quedó la impresión de que era «consciente en esencia de sus limitaciones intelectuales y su ortodoxia marxiana bastante estrecha». Lenin le espantaba. En cambio, Trotsky sentía un entusiasmo inagotable por aprender. Escribió sobre literatura, cultura, ciencia y tecnología. 
    Como hemos visto, fue un periodista y un corresponsal de guerra excelente. Pero las perspectivas de la revolución los reunieron. Lenin necesitaba la energía carismática de Trotsky, su capacidad para enfervorizar a las multitudes. Sin embargo, era este quien realizó el cambio más espectacular en el pensamiento. En sus años de oposición a Lenin, Trotsky rechazó la idea de que un partido de vanguardia tomara el poder con el apoyo de la clase trabajadora. Sin embargo, en la primavera y el verano de 1917, Trotsky comprendió la utilidad de unir sus fuerzas a las de Lenin en un momento en que un partido concreto podía tomar el poder en un país abrumado por los disturbios...
    Trotsky proyectaba una urgencia desafiante de la revolución, mientras que Lenin, que solía quedarse en la parte de atrás, mantenía la mirada fija en el funcionamiento interno del partido. Ahora eran socios en la revolución y sus ideas y personalidades se complementaban. «Acudí a Lenin combatiendo —dijo Trotsky en una ocasión a Max Eastman—, pero acudí sin reservas y por entero»."

PABLO NERUDA. GENTE, AÑOS, VIDA, de Ilya Ehrenburg

PABLO NERUDA. GENTE, AÑOS, VIDA, de Ilya Ehrenburg 

    "Se dice, y comparto la opinión, que Neruda parece una escultura de Buda esculpida en una piedra inca (los dioses incas, sin embargo, eran crueles, mientras que Pablo es buena persona). Su biografía estaba plagada de vivencias tumultuosas, pero disfruta y siempre ha disfrutado del ambiente relajado, de una conversación sobre lo humano y lo divino. Da la impresión de ser un buda flemático, incluso perezoso, pero ha escrito muchísimo. Varios de sus poemas son fragorosos, pero Pablo habla en voz baja; su tono no es el de un tribuno sino el de un niño ofendido. Su amigo Baltasar Castro, diputado chileno, suele explicar una anécdota sobre él. Al principio de su amistad, Neruda le telefoneó para informarle de que un asunto molesto se había resuelto felizmente. La voz, que parecía llegar de muy lejos, anunció con tono apesadumbrado: «¡Hemos vencido, Baltasar!».
    Neruda es un coleccionista apasionado, recoge todo tipo de objetos, pero sobre todo enormes esculturas de madera, proas de los barcos de vela y diminutas conchas marinas. En su casa de Isla Negra, a la orilla del Pacífico, se ven brújulas antiguas, relojes de arena, cartas náuticas. Cuando el poeta chino I Chin estuvo en su casa, le preguntó si se consideraba un capitán o un marinero. Pablo respondió: «Soy capitán, pero mi nave está hundida». Era una licencia poética: nunca he visto el barco de Neruda en peligro de hundirse, ni siquiera ir a la deriva. En un museo de China, a Pablo le cautivó una pequeña concha que no tenía en su colección. Habló tanto de ella que consiguió que los cordiales anfitriones se la regalaran. Con voz triste, pero con una sonrisa feliz, Pablo me habló durante dos horas del valor de aquella concha. En China, en las tiendas de juguetes, compraba tigres de cartón. Los tigres tenían un aspecto terriblemente feroz, pero era imposible mirarlos sin sonreír. (Entonces no sabíamos que, diez años más tarde, los chinos llamarían «tigres de papel» a los imperialistas estadounidenses).
    Neruda es extraordinariamente sociable. En Praga, a cualquier hora que fuera a verlo, había en su habitación gente sentada o de pie: comunistas chilenos, poetas checos y periodistas de todas las nacionalidades. En Santiago, Liuba y yo nos instalamos en su casa, y teníamos la impresión de vivir en una plaza. Una vez quise cambiarme de ropa durante el día pero tuve que desistir: en la habitación había un continuo ir y venir de las admiradoras de la poesía de Neruda. Cada día, comían con él quince o veinte personas. Una vez me preguntó en voz baja: «¿Sabes quién es ese tipo que está allá al final, a tu izquierda?».
(...)
    Pablo se lanzó de nuevo al mar de la vida. Para explicar cómo había conseguido soportar la amargura de ciertas desilusiones, Pablo dijo que, cuando se hundían los barcos, él cogía de nuevo el hacha, puesto que es un constructor de barcos: «Mi religión eran aquellas naves. || No tengo más remedio que vivir».
    He escrito tanto sobre el trágico destino de algunos escritores y pintores que no podía dejar de mencionar, aunque en tono jovial, a un gran poeta feliz. Como es natural, Neruda pasó por momentos de desesperación y desengaño, pero nunca renunció a la vida ni la vida renunció a él. Plantó cara a los poderosos del mundo, se hizo comunista, y se granjeó así amigos y enemigos, pero sólo ha recibido las injurias de estos últimos, nunca ha sabido lo que significa sufrir los insultos de los tuyos. Siempre ha escrito de lo que ha querido y cómo ha querido. Cuando estaba traduciendo uno de sus poemas, me encontré con una imagen que no entendí. Le pregunté: «Pablo, ¿por qué los indios son azules?». Me explicó largo y tendido que había visto indios al anochecer, a la orilla de un lago, y parecían azulados. «Pero en el poema no hay nada de eso». «Tienes razón…, pero prefiero que sigan siendo azules». La razón, como es natural, la tenía él.
    Se podría decir que la suerte siempre ha estado y continúa estando de su parte. Esto no explica nada. Neruda nunca escogió el camino fácil. Cuando las personas a su alrededor caían, lloraban y maldecían su destino, él no veía la bajeza sino la generosidad, no las bardanas sino las rosas: así estaban hechos sus ojos y su corazón."

jueves, 22 de junio de 2017

EL BUEN CORRESPONSAL. LA GUERRA DEL FÚTBOL, de Ryszard Kapuściński

EL BUEN CORRESPONSAL. LA GUERRA DEL FÚTBOL, de Ryszard Kapuściński 

    «Debe ser testigo de todos los acontecimientos de relevancia que se producen en un territorio de treinta millones de kilómetros cuadrados (la superficie de África), debe saber lo que está ocurriendo al mismo tiempo en los cincuenta países del continente, lo que ha ocurrido allí antes y lo que puede suceder en el futuro, conocer por lo menos la mitad de las dos mil tribus que conforman la población africana, dominar cientos de detalles técnicos […]. También debe ser un hombre de gran resistencia física y psíquica, pues, por más que piense, ¿de qué nos sirve nuestro corresponsal si se abandona a la depresión y cae en un estado de postración que lo inmoviliza y le impide escribir una sola palabra en los momentos en que se suceden acontecimientos de máximo interés e importancia? […] Tampoco puede ser corresponsal el que tiene miedo de la mosca tse-tse y de la cobra negra, del elefante, de los caníbales, de beber agua de ríos y arroyos, de comer tartas hechas de hormigas asadas; el que se estremece con sólo pensar en las amebas y en las enfermedades venéreas, en que le robarán y lo apalearán; el que ahorra cada dólar para construirse una casa cuando vuelva a su país; el que no sabe dormir en una choza de barro africana, y el que desprecia a la gente sobre la cual escribe»

DUBROVNIK. GENTE, AÑOS, VIDA, de Ilya Ehrenburg

DUBROVNIK. GENTE, AÑOS, VIDA, de Ilya Ehrenburg 

    "Rogowski me habló de una ley aprobada por el gobierno de Dubrovnik en el siglo  XVI: quien decidiese contraer matrimonio debía plantar setenta y cinco olivos; el olivo vive mucho tiempo, trescientos o cuatrocientos años; los gobernantes de la República lo consideraban una forma de trabajar por el futuro. Después, más de una vez recordé esta ley."


martes, 20 de junio de 2017

LA VEJEZ. GENTE, AÑOS, VIDA, de Ilya Ehrenburg

"Sí, muchas de mis vivencias están ligadas a Estocolmo. Fue precisamente en esta ciudad cuando, un día invernal y gris, conversando con Liselotte, pensé por primera vez en escribir unas memorias. No sé si se trata de un trabajo logrado, porque un escritor es muy mal juez de su propia obra, pero se trata de un libro mío al que me he entregado llevado por una necesidad interior; lo he escrito con sinceridad, sin la antigua amargura, pero también sin dulzura. Recuerdo cómo se me ocurrió escribir este libro: de pronto me asaltó el temor de morir sin haber hablado de las personas que había conocido y amado. Los años y la vida vinieron después; resultó que no se podía hablar de los demás callando sobre uno mismo. Y cuando me decidí a escribir, no pensaba en mis esperanzas ni en mis errores: ante mí veía una larga fila de gente desaparecida, pero todavía cercana, querida, viva.
Preso de un miedo supersticioso, me pregunté: ¿tendrás las fuerzas suficientes, el tiempo? En mi libreta, entre los apuntes sobre las sesiones de la comisión y borradores de resoluciones, encontré un poema de Tiútchev sobre la vejez: empobrece la sangre, pero no los sentimientos.
En enero de 1963 me encontré con Picasso. De repente, Pablo creyó oportuno reprenderme: «Has llegado a una edad en la que ya no debes sentirte obligado a defender a toda costa la verdad. Recuerda a aquel joven de Palestina al que, por la misma razón, le atravesaron las manos con clavos». Yo sonreí: Pablo era diez años mayor que yo, pero en él palpitaba mucha más pasión, e incluso más frenesí, que en muchos jóvenes. Picasso no hace otra cosa que defender la verdad…
Por supuesto, hoy sé muy bien lo que significa la vejez: el motor se ha desgastado y a menudo se niega a funcionar. Siento la vejez, pero no me obsesiona. El problema no es la edad: mucho antes de que se presente la muerte, el hombre muere espiritualmente más de una vez y luego renace. La hoguera parece haberse apagado, bajo las cenizas se consume apenas un tizón, pero el aliento del hombre lo aviva. Todo está dentro de las personas…"

jueves, 15 de junio de 2017

BUENOS PERIODISTAS. LOS CÍNICOS NO SIRVEN PARA ESTE OFICIO, de Ryszard Kapuściński

BUENOS PERIODISTAS. LOS CÍNICOS NO SIRVEN PARA ESTE OFICIO, de Ryszard Kapuściński 

    "Hace cuarenta, cincuenta años, un joven periodista podía ir a su jefe y plantearle sus propios problemas profesionales: cómo escribir, cómo hacer un reportaje en la radio o en la televisión. Y el jefe, que generalmente era mayor que él, le hablaba de su propia experiencia y le daba buenos consejos. Ahora, intentad ir a Mr. Turner, que en su vida ha ejercido el periodismo y que rara vez lee los periódicos o mira la televisión: no podrá daros ningún consejo, porque no tiene la más mínima idea de cómo se realiza nuestro trabajo. Su misión y su regla no son mejorar nuestra profesión, sino únicamente ganar más. Para estas personas, vivir la vida de la gente corriente no es importante ni necesario; su posición no está basada en la experiencia del periodista, sino en la de una máquina de hacer dinero. Para los periodistas que trabajamos con las personas, que intentamos comprender sus historias, que tenemos que explorar y que investigar, la experiencia personal es, naturalmente, fundamental. La fuente principal de nuestro conocimiento periodístico son «los otros». Los otros son los que nos dirigen, nos dan sus opiniones, interpretan para nosotros el mundo que intentamos comprender y describir. No hay periodismo posible al margen de la relación con los otros seres humanos. La relación con los seres humanos es el elemento imprescindible de nuestro trabajo. En nuestra profesión es indispensable tener nociones de psicología, hay que saber cómo dirigirse a los demás, cómo tratar con ellos y comprenderlos. Creo que para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser un buen hombre, o una buena mujer: buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias. Y convertirse, inmediatamente, desde el primer momento, en parte de su destino. Es una cualidad que en psicología se denomina «empatía».
Mediante la empatía, se puede comprender el carácter del propio interlocutor y compartir de forma natural y sincera el destino y los problemas de los demás. En este sentido, el único modo correcto de hacer nuestro trabajo es desaparecer, olvidarnos de nuestra existencia. Existimos solamente como individuos que existen para los demás, que comparten con ellos sus problemas e intentan resolverlos, o al menos describirlos. El verdadero periodismo es intencional, a saber: aquel que se fija un objetivo y que intenta provocar algún tipo de cambio. No hay otro periodismo posible. Hablo, obviamente, del buen periodismo. Si leéis los escritos de los mejores periodistas —las obras de Mark Twain, de Ernest Hemingway, de Gabriel García Márquez—, comprobaréis que se trata siempre de periodismo intencional. Están luchando por algo. Narran para alcanzar, para obtener algo. Esto es muy importante en nuestra profesión. Ser buenos y desarrollar en nosotros mismos la categoría de la empatía. Sin estas cualidades, podréis ser buenos directores, pero no buenos periodistas. Y esto es así por una razón muy simple: porque la gente con la que tenéis que trabajar —y nuestro trabajo de campo es un trabajo con la gente— descubrirá inmediatamente vuestras intenciones y vuestra actitud hacia ella. Si percibe que sois arrogantes, que no estáis interesados realmente en sus problemas, si descubren que habéis ido hasta allí sólo para hacer unas fotografías o recoger un poco de material, las personas reaccionarán inmediatamente de forma negativa. No os hablarán, no os ayudarán, no os contestarán, no serán amigables. Y, evidentemente, no os proporcionarán el material que buscáis."


HEMINGWAY EN LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA. GENTE, AÑOS, VIDA, de Ilya Ehrenburg

HEMINGWAY EN LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA. GENTE, AÑOS, VIDA, de Ilya Ehrenburg 

    "Todo el mundo tiene su escritor preferido; explicar por qué te gusta determinado escritor y no otro es tan difícil como explicar por qué amas a una determinada mujer. De todos mis contemporáneos, el que más me gustaba era Hemingway.
    En 1931, en España, Toller me dio un libro de un autor desconocido: Siempre sale el sol. Me dijo: «Creo que trata de España, de las corridas de toros, tal vez le ayude a entender las cosas». Lo leí, después conseguí Adiós a las armas, y Hemingway me ayudó a entender no las corridas de toros, sino la vida.
    Éste es el motivo por el cual me turbé al ver a aquel hombre alto y sombrío sentado a la mesa y tomando whisky. Empecé a declararle mi amor y seguramente lo hice con tanta torpeza que Hemingway cada vez fruncía más el ceño. Abrimos una segunda botella de whisky; resultó que las botellas las había traído él y bebía más que nadie.
    Le pregunté qué estaba haciendo en Madrid; me dijo que había venido como corresponsal de una agencia periodística. Hablaba conmigo en español, yo en francés. «¿Debe telegrafiar sólo reportajes o también información?», le pregunté. Hemingway se levantó de un salto, agarró una botella y me amenazó con ella: «¡He visto enseguida que te burlabas de mí!». «Información» en francés es nouvelles, y nouvelles suena en español como «novelas». Alguien sujetó la botella; se aclaró el malentendido y ambos nos reímos durante un largo rato. Hemingway me explicó por qué se había enfadado: los críticos le reprobaban el «estilo telegráfico» de sus novelas. Me eché a reír: «A mí también, por mis frases más bien entrecortadas». Él añadió: «Mala cosa eso de que no te guste el whisky. El vino es para el placer, pero el whisky es el combustible».
    Muchos estaban asombrados: ¿qué estaba haciendo realmente Hemingway en Madrid? Sin duda, estaba enamorado de España. Desde luego, odiaba el fascismo. Ya antes de la guerra española, cuando los italianos atacaron Etiopía, se había posicionado públicamente contra la agresión. Pero ¿por qué se quedaba en Madrid? Al principio trabajó con Joris Ivens en una película, y de vez en cuando enviaba algunos artículos a Estados Unidos. Vivía en la Gran Vía, en el hotel Florida, no lejos de la Telefónica, azotada continuamente por la artillería fascista. El hotel estaba agujereado por los impactos de las bombas explosivas. Nadie se había quedado en él excepto Hemingway. Preparaba el café con alcohol sólido, comía naranjas, bebía whisky y escribía una obra de teatro de amor. Tenía una casita en la Florida auténtica, donde habría podido dedicarse a su ocupación favorita, la pesca, comer bistecs y escribir con calma su obra. En Madrid estaba siempre hambriento, pero no era una molestia para él. Cada tanto recibía telegramas: le invitaban a volver a Estados Unidos. Él los apartaba con aire enojado: «También estoy bien aquí». No conseguía separarse del aire de Madrid. Se sentía atraído por el peligro, la muerte, la hazaña. El hombre decía con sinceridad: «Hay que aniquilar a los fascistas». Había visto a gente que no se rendía, y había revivido, se sentía rejuvenecido.
    En el Gaylord, Hemingway se encontraba con los soldados soviéticos. Le gustaba Hadji, hombre extremadamente temerario que se infiltraba en la retaguardia enemiga (era oriundo del Cáucaso y fácilmente podía pasar por español). Mucho de lo que Hemingway cuenta en la novela Por quién doblan las campanas sobre las acciones de los guerrilleros se lo contó Hadji. (¡Es una suerte que al menos sobreviviera Hadji! Me lo encontré una vez y me alegré mucho).
(...)
    Otro día hablábamos de literatura en un café de la Puerta del Sol. Este café permanecía intacto de milagro entre dos edificios destruidos. Sólo servían zumo de naranja con agua helada. El día era más bien frío, y Hemingway, sacándose del bolsillo trasero una petaca, se sirvió whisky. Me dijo: «Creo que el escritor nunca podrá describirlo todo. Por consiguiente, hay dos soluciones: describir de pasada todos los días, todos los pensamientos, todos los sentimientos, o bien esforzarse en transmitir lo general en lo particular, en un único encuentro, en una breve conversación. Yo hablo sólo de los detalles, pero procuro hablar de los detalles en detalle». Le dije que lo que más me impresionaba en todas sus obras eran los diálogos, que no lograba entender cómo estaban construidos. Hemingway sonrió con ironía: «Un crítico estadounidense asegura con toda seriedad que mis diálogos son lacónicos porque traduzco las frases del español al inglés».
    Los diálogos de Hemingway continuaron siendo un misterio para mí. Por supuesto, cuando leo una novela o un cuento que me entusiasman no me paro a pensar en cómo están hechos. Soy el lector que lee, pero luego el escritor no puede evitar comenzar a pensar sobre todo lo relacionado con el oficio. Cuando me resulta comprensible el procedimiento, puedo decir si el libro está mal escrito, si es mediocre, bueno o muy bueno, y puede gustarme, pero no impresionarme. Sin embargo, los diálogos, en las obras de Hemingway, siguen siendo un misterio para mí. En el arte, seguramente, se alcanza la cima cuando no logras comprender de dónde procede toda la fuerza.
(...)
    Los personajes de Hemingway hablan de otra forma: con pocas palabras, casi insignificantes, y al mismo tiempo cada palabra expresa su estado anímico. Cuando leemos sus novelas o sus cuentos, nos da la impresión de que la gente habla justo de esa manera. Pero, en realidad, no son frases escuchadas y luego anotadas, sino la esencia de la conversación creada por el artista. Se puede comprender al crítico estadounidense que llegó a la conclusión de que los españoles hablaban al estilo de Hemingway. Pero Hemingway no traducía el diálogo de una lengua a otra: lo traducía del idioma de la realidad al idioma del arte.
    Una persona que se hubiera encontrado por casualidad con Hemingway habría podido pensar que era un representante de la bohemia romántica o un diletante modélico: bebía, soltaba extravagancias, vagabundeaba por el mundo, pescaba en el océano, cazaba en África, conocía todas las particularidades de las corridas de toros, y no se sabía siquiera cuándo tenía tiempo para escribir. Pero Hemingway era muy trabajador; las minas del hotel Florida eran el lugar menos adecuado para escribir, aún así cada día se sentaba allí a escribir; me decía que era preciso trabajar con tenacidad, sin rendirse nunca: si una página resultaba insulsa, había que detenerse, reescribirla, por quinta, por décima vez…
    Aprendí mucho de Hemingway. Creo que antes de él los escritores hablaban de la gente y a veces lo hacían de manera brillante. Pero Hemingway nunca habla de sus personajes: nos los muestra. Puede que ésta sea la explicación de la influencia que ejerció sobre los escritores de diferentes países; como es natural, no gustaba a todos, pero casi todos aprendieron de él."
Ernest Hemingway en Valencia

miércoles, 14 de junio de 2017

LAS SS Y HIMMLER. LOS HERMANOS HIMMLER, de Katrin Himmler

LAS SS Y HIMMLER. LOS HERMANOS HIMMLER, de Katrin Himmler 

    "Gebhard Himmler sénior daba gran importancia a su reputación social, ganada a pulso, en especial tras haber recibido en diciembre de 1926 el título más alto que podía alcanzar, el de «consejero privado de enseñanza». La profesión estrambótica de Heinrich, su militancia en las filas de un partido político marginal, su enlace con una mujer divorciada y mayor... todo ello debía de confirmar una y otra vez los temores del padre de que ese hijo no llegaría a cumplir las ambiciosas expectativas de la casa paterna y que más bien comprometería el renombre de la familia. Las relaciones entre ambos no se distendieron hasta que Heinrich, tras el éxito electoral del NSDAP en septiembre de 1930, obtuvo un escaño de diputado en el Reichstag, lo que debió de mejorar enormemente su consideración en el seno familiar. Su padre comenzó a habilitar archivadores en los que iba pegando todos los recortes de periódico que mencionaban a su vástago. «De la vida política de nuestro q[uerido] hijo Heinrich», fue el rótulo que puso a esas carpetas, que contenían principalmente recortes del Völkischer Beobachter, órgano oficial del NSDAP. Pensar que mis bisabuelos, que eran personas cultas, leían ese primitivo tabloide difamatorio no deja de sorprenderme, aunque en los años 1929-30 las andanadas nacionalistas y antisemitas habían bajado de tono —tanto en la gaceta oficial como en los discursos de Hitler— para atraer al Partido a capas más amplias del electorado. Una estrategia que, en efecto, tuvo éxito.
    Heinrich debió su carrera parlamentaria al incremento vertiginoso de votos del NSDAP, que en las elecciones al Reichstag del 14 de septiembre de 1930 alcanzó el 18,3% de los sufragios, frente al 2,6% obtenido en los comicios de 1928. Se convertía así en la segunda fuerza por detrás del SPD y en adelante trató de corregir su imagen de banda de matones. Hasta esas fechas, en las regiones predominantemente católicas existían fuertes reservas hacia los nazis, mientras que en las zonas mayoritariamente protestantes un considerable número de electores procedía ya de la alta burguesía.
Sin duda, no era casualidad que Heinrich, con su educación burguesa, ya entonces se interesara más por la elitista SS que por la SA —cuyo «gamberrismo» repelía a los círculos conservadores—, aunque en el pasado hubiera colaborado con su jefe, Ernst Rohm, el «buen capitán». Tenía un fino olfato para los cambios de viento. Ya en 1927 había sido nombrado lugarteniente del Reichsführer SS, y en enero de 1929 se hizo jefe de esta organización. Desde un principio, su objetivo fue crear una élite racial en el seno del movimiento nacionalsocialista, con personas de aspecto nórdico que habían de cumplir una talla mínima. Hasta finales de año se dedicó a transformar la pequeña tropa de protección en una organización de 1.000 hombres que atraía a cada vez más exoficiales y aristócratas, entre ellos muchos antiguos integrantes de los cuerpos libres. En abril de 1931, la SS contaba con más de 3.000 miembros y era ya una referencia en el movimiento nazi, aunque seguía siendo mucho más pequeña que la SA. Hitler le dio la consigna de «hombre de la SS, tu honor es la fidelidad». A partir de agosto de 1931, Himmler encargó a Reinhard Heydrich, oficial de inteligencia licenciado de la Marina, la creación de un servicio de seguridad propio de la SS. En el verano de 1932, este servicio fue bautizado con el nombre de «SD», y en mayo de 1934 se le otorgó el monopolio de la inteligencia dentro del Partido, lo que encarriló decisivamente los esfuerzos de Himmler por hacer de la SS la élite del Partido.
    La creación de un cuerpo de protección fiel al Führer por parte de Heinrich permitió a sus padres sentirse otra vez pertenecientes a una nueva élite, lo mismo que a sus hermanos, que hacia 1930 se adhirieron cada vez más claramente a los nazis. Gebhard, el mayor, se dedicaba durante esos años a la enseñanza, en Múnich, y parece que fue un buen profesor, pese a su formación exclusivamente técnica. «La pedagogía no se aprende: hay que haber nacido para ella», explicaría más tarde a la mayor de sus hijas. Las evaluaciones siempre positivas por parte de sus superiores parecían confirmar la valoración que hacía de sí mismo. En un «reconocimiento de sus servicios» de 1929 se le acreditaba «una destreza notable para la docencia y la educación», y, además, se lo calificaba de «esmerado y cumplidor». Similar es la evaluación de 1931, que menciona igualmente su «buen contacto con los alumnos», su «disciplina» y su «puntualidad»."
Hitler y Himmler observan figuras de porcelana de Allach en abril 1944.

LA CRISIS DE LOS JUDÍOS RUMANOS. LEÓN TROTSKY, de Joshua Rubenstein

LA CRISIS DE LOS JUDÍOS RUMANOS. LEÓN TROTSKY, de Joshua Rubenstein 

    "En agosto de 1913 Trotsky remitió tres artículos esenciales sobre los judíos rumanos a Kievskaya Mysl. Haciendo acopio de toda la ira que fue capaz de acumular, dejaba claro que los 300 000 judíos de Rumanía, privados de ciudadanía, eran parte del pueblo más perseguido de toda Europa. Infinidad de leyes restringían su participación en la vida civil, los lugares donde podían vivir y cuántas tierras podían poseer. A los niños judíos se les prohibía asistir a las escuelas primarias públicas. «Un judío no puede ser abogado, propietario de una farmacia, comerciante, ni agente de bolsa», informaba. Pero el gobierno exigía a los judíos que pagaran impuestos y los reclutaba para el ejército como si fueran ciudadanos normales. No pudo concluir más que «el antisemitismo se ha convertido en la religión de Estado, el cemento psicológico último que mantiene unida a una sociedad feudal podrida de arriba abajo».
    Trotsky siguió describiendo el fracaso de las potencias europeas a la hora de proteger a los judíos de Rumanía. Según el Tratado de Berlín de 1878, Rumanía estaba obligada a garantizar la igualdad de derechos a todas las minorías nacionales. Trotsky manifestó su asombro al informar de que el canciller alemán Otto von Bismarck había hablado enérgicamente en defensa de los judíos de Rumanía más o menos en la misma época. «Ejerciendo como una especie de albacea del Congreso de Berlín, [Bismarck] se negaba a entablar ningún tipo de conversaciones diplomáticas con Bucarest mientras los judíos no gozaran de los mismos derechos que los demás […] Llamaba la atención —proseguía Trotsky— lo próximo que está el corazón del Canciller de Hierro de los intereses de los judíos moldavos; los intereses de los Hohenzollern en esa monarquía oriental no eran nada para él frente al destino de algunos parias sin derechos». Entonces Trotsky dio a conocer lo que había debajo de la aparente sensibilidad de Bismarck. El canciller estaba embarcado en una compleja maniobra para presionar al gobierno rumano a fin de que adquiriera acciones del propio ferrocarril rumano, generosamente financiado por banqueros alemanes que quebraron cuando el proyecto fracasó. Y el barón Gerson von Bleichröder, un banquero judío personalmente cercano a Bismarck y al káiser Guillermo I, era uno de los principales financieros que aspiraba a recuperar las pérdidas. «Poco a poco fue quedando claro que esa era la principal condición de Bismarck. Las abstracciones desnudas sobre la igualdad de derechos de los judíos eran engullidas por las gruesas acciones de los bancos de Bleichröder». Bismarck actuaba a su estilo. El asunto equivalía a «[…] una colosal pieza de chantaje político y financiero, en que lo que había en juego eran los cien millones de marcos invertidos por la nobleza prusiana […] [mientras] que los derechos de los judíos de Rumanía ejercían de medio de extorsión». Una vez formalizado el trato, la «“resolución” de la cuestión judía quedó reducida a una formalidad vacía con la nacionalización de 900 judíos que habían prestado servicios en la campaña turca de 1876-1878. Los 299 100 judíos restantes quedaron en la misma situación que antes del Congreso de Berlín […] Cuando se leen los documentos diplomáticos relativos a este asunto y la correspondencia privada de las partes implicadas, nunca se puede evitar cierto sentimiento de asco profundo», concluía Trotsky."

martes, 13 de junio de 2017

HOMBRES DE UNA SOLA PIEZA. GENTE, AÑOS, VIDA, de Ilya Ehrenburg

HOMBRES DE UNA SOLA PIEZA.  GENTE, AÑOS, VIDA, de Ilya Ehrenburg 

    "Se podría pensar que yo estaba protegido por el caparazón de mis principios intransigentes, pero no era así, pues el arte se filtraba en mis actividades clandestinas. Por las noches leía las obras de Hamsun: Pan, Victoria, Misterios; me reprochaba a mí mismo esta debilidad, pero no podía hacer nada contra mi admiración. Sentía que existía otro mundo, el de la naturaleza, las imágenes, los sonidos, los colores. Chéjov me conmovía ya entonces por su verdad, que yo no comprendía, pero que resultaba indiscutible, y susurraba: «Misius, ¿dónde estás?», y estaba enamorado de la dama del perrito. Vi a Isadora Duncan, que vestía una túnica antigua y bailaba de manera muy distinta a Heltzer. Seguía repitiéndome al igual que antes que todo aquello eran tonterías, pero no siempre conseguía pasar sin ellas. Iba todavía al instituto cuando le dije a una chica de quien estaba enamorado: «Korolenko afirma que el hombre está hecho para la felicidad, como el pájaro para volar». Me enamoraba con facilidad y sentía un gran anhelo de felicidad, pero consagraba todo mi tiempo y todo mi esfuerzo a otras cosas. Entre nosotros es costumbre emplear el epíteto «monolítico» como elogio, pero un monolito no es más que un bloque de piedra. El hombre es mucho más complejo, incluso cuando sólo tiene dieciséis años…
  Los periódicos desplegaban una energía sombría. Los socialistas revolucionarios estaban entusiasmados con las expropiaciones. Había ejecuciones en la horca. Por la noche, los agentes de la Ojrana destripaban los colchones y trasegaban los ochenta tomos de la enciclopedia Brockhaus y Efron…
   En la misma época Blok escribía: «¡Te reconozco, oh, vida! ¡Te acepto! | ¡Y te saludo con el tañido de mi escudo!».
   Pero yo no conocía a Blok, ignoraba muchas cosas: yo no era más que un pequeño monolito con una gran grieta. Visitaba a la estudiante de instituto Asia Yákovleva, que tenía dos años más que yo y sin duda se desenvolvía mejor en la madeja de los sentimientos humanos."